Sentada cerca de la puerta de salida del carrito por puesto que hace ruta desde el Hatillo hasta el Silencio disfruto, si es que existe verdadero disfrute, si no es más un acto de sarcasmo pleno y burla a mi propia condición civil y ciudadana... En fin veo un vídeo: sí, así mismo ahora en los carritos usted puede disfrutar de Pad TV entretenimiento en el porpuesto.
En éste caso se trataba, no de una película que con la cola bien podríamos ver hasta dos en la ruta, no, se trataba de un concierto del grupo Aventura: un moreno bien parecido pero con un pasado que a todas leguas se percibe de gordito infeliz canta y vocifera ante una multitud en extasis (fanaticada pues nada de un grupo de gente cool en pepas, más bien borrachines cerveceros seguidores de la pelota) "Que levanten la mano los hombres que lloran por las mujeres... que levanten la mano los hombres que lloran por las mujeres... ustedes son unos penrejos (con bastante acento gringo y bien pajúo)" .
Es cuando volteo a ver a mi compañera de viaje y nos reímos a carcajadas en tono de burla sin percatarnos aún de que su compañera de asiento y el mío tararean la canción con verdadera frución. Un rato y otro más en esta onda burlona y de pronto se acerca una niña con su joven y malandra mamá, una niña excepcional: vestida con un ligero y fresco vestidito blanco, zandalias azules y paraguas verde, uñas pintadas en pulcro rosa se estira para agarrarse del tubo que tienen los asientos y percibe que la mano de su mamá no puede ir completamente asegurada a asiento porque el "señor" que va sentado (sin pararse al ver llegar a la señora y la niña) va con la mano sobre el respaldar del asiento.
La niña ve esto con cierto enfado y sin un poquito de vergûenza le dice a la mamá fuerte y claro: pon tu mano ahí mamá que él ya va sentado. Me conmoví de inmediato y para demostrarle que había ganado mi corazón y que deseaba conocerla la invité a sentarse conmigo.
No paró de hablar ni un instante: mira mi vestido, me lo regaló mi marrina María; y mira mi paraguas, me lo regaló mi tía Luisa. en medio de su perorata se soltó el cabello y sin dejarme decir nada le pidió a la mamá un peine, la mamá que a duras penas se sostenía de pie por el vaivén desconsiderado del conductor y de los pasajeros del colectivo no tuvo como responderle, la niña insistió un par de veces más, hasta que al llegar al colmo de su paciencia le gritó: mamá enseriate vale pásame el peine.
Me lo puso en las manos con un gesto de realeza que no tiene ni que pedir las cosas y mientras la peinaba me contaba que tenía cuatro años y que pronto se iría a vivir a Maracay (en el interior del país), que eso sucedería después de que ella durmiera y durmiera y durmiera; que tenía cuatro años y que Baruta era muy feo Marazay no.
Deseaba con locura tener el pelo largo y un destello en sus ojos me decía que le encantaba la idea de hacerse un corte sin sentido como el corte del bichito, de pronto ya casi llegando me dijo: te voy a contar un cuento, Liliana se agarró a coñazos y el flaquito, que es más flaquito que yo la salió a buscar y después no los conseguían a ninguno de los dos y después los consiguieron muertos con la cosa acá, señalándo su costillar.
Se detuvo el carrito en Plaza Venezuela al mismo tiempo que se detuvo mi corazón. Me bajé con el fuerte deseo de que Natasha llegue pronto al verde parque de Maracay.
En éste caso se trataba, no de una película que con la cola bien podríamos ver hasta dos en la ruta, no, se trataba de un concierto del grupo Aventura: un moreno bien parecido pero con un pasado que a todas leguas se percibe de gordito infeliz canta y vocifera ante una multitud en extasis (fanaticada pues nada de un grupo de gente cool en pepas, más bien borrachines cerveceros seguidores de la pelota) "Que levanten la mano los hombres que lloran por las mujeres... que levanten la mano los hombres que lloran por las mujeres... ustedes son unos penrejos (con bastante acento gringo y bien pajúo)" .
Es cuando volteo a ver a mi compañera de viaje y nos reímos a carcajadas en tono de burla sin percatarnos aún de que su compañera de asiento y el mío tararean la canción con verdadera frución. Un rato y otro más en esta onda burlona y de pronto se acerca una niña con su joven y malandra mamá, una niña excepcional: vestida con un ligero y fresco vestidito blanco, zandalias azules y paraguas verde, uñas pintadas en pulcro rosa se estira para agarrarse del tubo que tienen los asientos y percibe que la mano de su mamá no puede ir completamente asegurada a asiento porque el "señor" que va sentado (sin pararse al ver llegar a la señora y la niña) va con la mano sobre el respaldar del asiento.
La niña ve esto con cierto enfado y sin un poquito de vergûenza le dice a la mamá fuerte y claro: pon tu mano ahí mamá que él ya va sentado. Me conmoví de inmediato y para demostrarle que había ganado mi corazón y que deseaba conocerla la invité a sentarse conmigo.
No paró de hablar ni un instante: mira mi vestido, me lo regaló mi marrina María; y mira mi paraguas, me lo regaló mi tía Luisa. en medio de su perorata se soltó el cabello y sin dejarme decir nada le pidió a la mamá un peine, la mamá que a duras penas se sostenía de pie por el vaivén desconsiderado del conductor y de los pasajeros del colectivo no tuvo como responderle, la niña insistió un par de veces más, hasta que al llegar al colmo de su paciencia le gritó: mamá enseriate vale pásame el peine.
Me lo puso en las manos con un gesto de realeza que no tiene ni que pedir las cosas y mientras la peinaba me contaba que tenía cuatro años y que pronto se iría a vivir a Maracay (en el interior del país), que eso sucedería después de que ella durmiera y durmiera y durmiera; que tenía cuatro años y que Baruta era muy feo Marazay no.
Deseaba con locura tener el pelo largo y un destello en sus ojos me decía que le encantaba la idea de hacerse un corte sin sentido como el corte del bichito, de pronto ya casi llegando me dijo: te voy a contar un cuento, Liliana se agarró a coñazos y el flaquito, que es más flaquito que yo la salió a buscar y después no los conseguían a ninguno de los dos y después los consiguieron muertos con la cosa acá, señalándo su costillar.
Se detuvo el carrito en Plaza Venezuela al mismo tiempo que se detuvo mi corazón. Me bajé con el fuerte deseo de que Natasha llegue pronto al verde parque de Maracay.