martes, 2 de febrero de 2010

Sueño ficción 1: Donde los tukys son lindos



Caminamos para entrar en un gran descampado, más bien una colina rodeada de un paisaje verde hasta el infinito. Una colina muy verde con un cielo muy azul. Caminamos entre kioscos de comida, unos toldos muy blancos con una pared y piso de madera, comida sin olor pero comida.

Nos paramos frente a una tarima pequeña pero muy alta con unas impresionantes cortinas de terciopelo vinotinto que contrastaban con el azul del cielo y el verde de la grama. De entre las cortinas se apareció un muñeco gigante de madera.

Se trataba de una especie de títere inmenso con vetas en la pintura y con una boca que abría y cerraba, era un títere de Pastor Oviedo, con unos rizos negros que caían sobre unos ojos verdes de dragón chino tallados en madera y con una movilidad impsible. Ojos que voltearon y se dirigieron a mi en mi pequeñez asombrada.

Tomé la mano de mi compañera de visita y le dije muy bajo: me vió. En ese instante el muñeco volvió sus ojos de madera inamovible al frente para luego en un efecto de sorpresa girándolos dentro de las órbitas falsas e imposibles en su realismo estático, generando la misma sensación de una animación japonesa, mezcla perfecta de hiperrealismo y manchón de color. De inmediato volvió sus ojos abajo y dijo: Hola Mari.

Dijo Mari. Mi nombre. Dije al oído de ella mientras asombradas buscabamos mientras contemplamos la posible explicación a tan extraño suceso. Se abre de pronto una compuerta dejando al descubierto el truco, se trataba de Pastor Oviedo en persona manejando con una palanquita inalámbrica (Joystick) al muñecote.

Mi risa detuvo el movimiento del tiempo y lo aceleró rápidamente haciendo que llegara la hora de almuerzo de Pastor, salió detrás de la cortina y en una mesa de hierro forjado con unas exquisitas figuras art decó. Sacó Pastor de una bolsa un plato de comida y un empaque de cartón de medio litro con coctel de jugos.



Me acerqué hasta el borde de la tarima para saludarle y reírle el chistecito pero una manada de fans histéricas le gritaban desde abajo y decidí esperar a que terminara su jornada para hablare. Vamos a comer, se ven ricas todas las cosas. Dije mientras le tomaba de la mano y la conducía por el jardín hasta uno de los kioscos de comida.

Toda la feria estaba llena de tukys, con peinados insólitos sostenidos con mucha gelatina y zapatos grandes de colores espaciales y ochenteros. Comían una especie de perro caliente de distintos sabores, tostados o al vapor, a la parrilla libre de humo o cachaperos, areperos o bolleros todos hombres entellados en unos pantalones de colores fuertes y de corte tubo hasta la bota, algunos escondían sus caras bajo capuchas grises, fucsias, verdes o azul eléctrico.

Comimos sin pasar por ese proceso y sin ningún tipo de sabor u olor, simplemente satisfechas veíamos el espectáculo de gente paseando y dejando estelas de colores similares a un Degas discotequero.

Más de una decena de hombres vestidos de azul oscuro, con cascos, rolos y pecheras, vestidos como una especie de robocop venezolano se alineaban con armas en mano para entrar en la feria. El primer impulso de ambas fue correr pero mi mano se aferro a su muñeca y dije: No corras, no hemos hecho nada, no tenemos nada malo, mejor esperamos bajo este toldo en una esquina a que pase la redada.

De pronto un tuky era arrastrado a nuestro lado, con un suéter gris bien prolijo, el chico lindo se resistía contornosionando su espalda para huir de dos polícías muy lindos también vestidos con el uniforme regular de la PM pero mucho más prolijo y hermoso, como hecho por Gaultier.

En plano medio el chico cierra fuertemente la boca negándose como a tragar algo, irrumpe en el plano una pinza larga como las tijeras de jardinero con una píldora amarilla tranparente de unos quince centrímetos rellena con una maraña muy rara y blancuzca.

Telepáticamente me dijo: Tenemos que salir de acá. La tomé de la mano con movimientos muy sigilosos, nos dimos cuenta de que evidentemente el chico era inocente y trataban de implantarle algo terrible para seguirle o algo así. Buscaban algo muy grande, mucho más grande que nosotros pero a través de nosotros.

Mi cabeza le decía: No corras. El policía que controlaba las pinzas con la píldora se volteó a vernos con un casco terrible y titánico. Ella a punto de llorar en un pánico total e infantil se paralizó y mi mano la sacó corriendo de cuadro.

Tenemos que buscar a Pastor, él es la clave de todo esto.

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